Es otoño, Rajoy nos va a sacar a todos de la crisis y del paro, por fin
zetaparo se retira a cobrar su pensionsita vitalicia como Aznar y
Felipe y los bares huelen a castañas asadas y a dulce de membrillo. Imposible
pedir nada mas en este país de las maravillas en que vivimos.
Pudimos comprobar el ambiente otoñal visitando un bar castizo de Alcalá.
Nada más entrar el ambiente prometía. Chasquido de fritanga en la cocina, cañas
de cerveza fresquitas, copas de vino en la barra y camarero argentino, al cual un
lugareño llamaba indio. Y éste, ni
corto ni perezoso se revolvía y le llamaba madero,
porque, todo sea dicho, tenía pinta de madero de los de antes que te rilas, con
sus gafas ahumadas y su bigote. La camarera le dijo al poli que no llamara indio
al argentino, que ya tenían bastante con aguantar a los niños que entraban a
pedir agua. A los cuales varios viejos que estaban allí tomando cervezas les
decían que no se era andaluz si no se sabía beber del botijo. Y en estas
estábamos cuando entró en escena el cuponero
de las muletas tactac taca tac, con
cara de haberse pateao dos veces en
un día toda Alcalá. Un auténtico cóctel molotov de circunstancias.
Resulta que los niños empiezan beber agua en el botijo-búcaro, de barro
blanco de los de toda la vida. Dos de ellos no saben beber bien ni el de los
vaqueros gastados ni el de la camiseta del curro de la expo; y uno sí, el más
morenito que llevaba ropa deportiva parecida a los Adidas que vestía Di Stéfano.
Los viejos, que se dan cuenta de la escena y empiezan a decirles que ya no
quedan hombres que beban en el búcaro:
-Hay que aprender a beber agua a caliche chavales, a ver tú, peruano, que tienes cara de ser peruano.
-No señor, yo soy colombiano.
-Ves tú como yo sabía que eras peruano.
-No, le digo que soy colombiano.
De repente la señora del bar se da cuenta de que los otros niños están robando un paquete de papas y unos dulces, les reprende:
-¡Ya sabía yo que no veníais na más a beber agua zascandiles, que ya os he pillao varias veces, anda largo de aquí!
Uno de los viejos se dirige al señor de la once con un cupón premiado:
-Anda dame el cupón que tengo tres euros de premio.
-Que no puedo, dice el cuponero.
-Dame mi cupón que está premiao.
-Que no, que no tengo batería ya en la máquina y no puedo validar el premio.
-El cupoooon, el cupooon.
-Este lo que tenía es que echarse novia.
-Anda ya quien lo va a querer con tantos hierros.
-Que me dejéis cabrones.
-Además las mujeres lo único que quieren es lo que hay en la cartilla del banco, la cartilla.
-Pixa, que está premiao con tres euros, dame el cupón.
-¡Que no cojones, que me dejes con el cupón ya.
-Hay que aprender a beber agua a caliche chavales, a ver tú, peruano, que tienes cara de ser peruano.
-No señor, yo soy colombiano.
-Ves tú como yo sabía que eras peruano.
-No, le digo que soy colombiano.
De repente la señora del bar se da cuenta de que los otros niños están robando un paquete de papas y unos dulces, les reprende:
-¡Ya sabía yo que no veníais na más a beber agua zascandiles, que ya os he pillao varias veces, anda largo de aquí!
Uno de los viejos se dirige al señor de la once con un cupón premiado:
-Anda dame el cupón que tengo tres euros de premio.
-Que no puedo, dice el cuponero.
-Dame mi cupón que está premiao.
-Que no, que no tengo batería ya en la máquina y no puedo validar el premio.
-El cupoooon, el cupooon.
-Este lo que tenía es que echarse novia.
-Anda ya quien lo va a querer con tantos hierros.
-Que me dejéis cabrones.
-Además las mujeres lo único que quieren es lo que hay en la cartilla del banco, la cartilla.
-Pixa, que está premiao con tres euros, dame el cupón.
-¡Que no cojones, que me dejes con el cupón ya.
-La cartilla, la cartilla del banco, los
billetes.
Pedimos
la cuenta y salimos. Al cabo, oímos que alguien nos seguía con un soniquete, tac tac tac tac; era el vendedor de
cupones, quien nos adelantó con sus muletas y cuya figura se difuminó entre la
bruma nocturna y el humo del puesto de castañas que había en la esquina del
Barrero.

